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28 de febrero

Segundo Domingo de Cuaresma
Génesis 15:5-12, 17-18 ~ Salmo 27 ~ Filipenses 3,17 – 4,1 ~ Lucas 9,28-36

JESÚS SUBIO EN LA MONTAÑA PARA ORAR
Y FUE TRANSFIGURADO


¿Quién es Jesucristo para nosotros hoy? Esa fue la pregunta de Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano que fue ejecutado por su resistencia a Hitler apenas unas semanas antes de la guerra. Es la misma pregunta que Jesús le preguntó a Pedro: “¿Quién dice la gente que soy yo?” La respuesta de Pedro fue espontánea: “Tú eres el Mesías” (Lucas 9,18, 20).

El evangelio de hoy ubica a Jesús en el centro de la historia de la salvación, entre Moisés y Elías, que iba a venir. Una voz desde la nube dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadlo” (Lucas 9,35). Es un momento crucial para Jesús y sus seguidores. Ellos esperaban un Mesías poderoso que traería la liberación para el pueblo de Israel. En cambio, justo antes de la transfiguración, Jesús les anunció su muerte y resurrección: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos . . . tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Lucas 9,22).

La Cuaresma es un tiempo en el que voluntariamente nos permitimos ser despojados de lo que nos es rutinario y familiar: ayunamos, y buscamos formas en las que nuestro sacrificio pueda alimentar a los demás; oramos, y esperamos la palabra de Dios en el silencio de nuestros corazones; damos limosna, y comenzamos a comprender que nuestras posesiones pertenecen y nosotros mismos pertenecemos a los demás. Somos llamados a llevar las cargas unos de otros.

Pablo escribe desde la cárcel: “hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados” (Filipenses 4,1).

La Cuaresma es un tiempo en el que se nos invita, como Abraham y Sara, a la esperanza contra toda esperanza. Esperábamos que nuestra vida fuera en una dirección, pero no fue así. Esperábamos un Mesías poderoso que traería la liberación para el pueblo de Israel; en cambio, se nos presenta un siervo sufriente que lleva nuestra iniquidad y está familiarizado con nuestro dolor. Pensábamos que estábamos preparados para el viaje y podíamos ver el final, en cambio, se nos dice: “Aconteció que, cuando se cumplía el tiempo en que había de ser recibido arriba, él afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9,51).

Pero no estamos solos, incluso cuando estamos solos. Desde su celda en la prisión Bonhoeffer escribe: “¿Quién soy yo?” y después de revisar muchas respuestas a su pregunta, dice, “Tú sabes, Señor, que soy tuyo”.

"Esta Cuaresma, celebrada entre sangre y dolor entre nosotros, tiene que ser presagio de una transfiguración de nuestro pueblo, de una resurrección de nuestra nación . . . A los que comen bien, la Cuaresma es un llamamiento a la austeridad, a desprenderse para compartir con los que tiene necesidad. En cambio, en los países pobres, en los hogares donde hay hambre debe de celebrarse la Cuaresma como una motivación para darle un sentido de cruz redentora al sacrificio que se vive. Pero no para un conformismo falso que Dios no lo quiere sino para que, sintiendo en carne viva las consecuencias del pecado y de la injusticia, se estimule a un trabajo por una justicia social y un amor verdadero a los pobres. Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social." – Mons. Oscar Romero

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